
Este libro trata del hombre y -contrariamente a la tendencia contemporánea- lo tiene en cuenta. ¿Quién no ha escuchado alguna vez que el hombre no es más que una unidad de producción, o que es el resultado del desarrollo de la secuencia genética que en él se esconde, o que es simple materia o tan sólo el producto de la combinación de diferentes corrientes ambientales? ¿Llegará el día en que no sepamos distinguir a un simio de una persona? (Bueno, parece que ya ha llegado).
El hombre eterno nace de la constatación por parte del autor de esta moderna desorientación. Es el propio Chesterton quien afirma algo que parece evidente –pero que hoy no parece serlo- cuando escribe que “precisamente cuando consideramos al hombre como animal es cuando percibimos que no lo es”.
Claramente dividida en dos partes cuyo punto de inflexión es la irrupción del cristianismo en la historia, la obra ha sido considerada por algunos críticos como maestra e incluso como la mejor que escribió Chesterton en toda su vida.
Escrito con su peculiar estilo brillante, El hombre eterno es un acto de libertad en medio de la tan opresiva cosmovisión actual. En él descubriremos a un hombre, Chesterton, que hace las veces de presentador entre el ser humano, su naturaleza y su historia. Una obra maestra que, sin duda, no conviene perderse.
Gilbert Keith Chesterton (1874–1936) cultivó el ensayo, la narración, la biografía, la poesía, el periodismo y el libro de viajes.
La evolución espiritual de Chesterton le llevó desde un juvenil agnosticismo con devaneos espiritistas a convertirse en el intelectual católico inglés mas importante de la primera mitad del siglo XX. Su abundantísma obra esta llena de obras maestras, tanto en novela como en ensayo filosófico.
Escribió también biografías de grandes personajes de la historia. Famosas son sus aproximaciones a San Francisco de Asís o a Santo Tomás de Aquino. Su personaje más famoso es el Padre Brown, un sacerdote de apariencia ingenua cuya agudeza psicológica lo hace un formidable detective.
Aunque empezó a leer con ocho años, acabó por recibir grados honoris causa de las universidades de Edinburgh, Dublín y Notre Dame.
Famosas fueron en toda Inglaterra las vivas discrepancias filosóficas, llenas de humor e ingenio, que mantenía a través de la prensa y la radio con sus amigos H. G. Wells y George Bernard Shaw.