
Lo primero que salta a la vista de la superstición del divorcio es su pertinencia. Al contrario que en muchos libros, aquà lo único que ha envejecido son las digresiones, mientras que el corazón del ensayo palpita como en 1920. La fuente de esta eterna juventud radica en que la argumentación no se hace tanto en contra del divorcio como a favor del matrimonio, que, a pesar de los esfuerzos legislativos, no cambia.
Pero, como decÃa, de Chesterton hay quien pretende quedarse con el estilo y con la gracia, olvidándose de las ideas que defiende que, según sus declaraciones, era lo único que él se tomaba en serio de su literatura. Pues bien, hacer ese juego de manos aquà es prácticamente imposible porque La superstición del divorcio, como su epigramático nombre indica, trata uno de los asuntos sensibles de la vida pública actual y porque lo hace con un desparpajo que no puede menos que entrar en conflicto con ideas establecidas.
La magia de Chesterton logra que sigamos las argumentaciones planetarias sin cansancio, con creciente euforia. En este libro, por ejemplo, para convencernos de que el divorcio es otra superstición más de una época que, por haber dejado de creer en Dios, cree en cualquier cosa, Chesterton nos habla de los votos de castidad, de la polÃtica de Inglaterra, del romanticismo, de la realidad, de la Edad Media, del crecimiento de la población mundial, del patriotismo y de los nacionalismos, de las tragedias del matrimonio, de las tácticas del capitalismo, del socialismo, de la esclavitud y hasta de arquitectura, entre otras cosas. Y ninguna de las etapas resulta baladà para la culminación de un argumento.
Gilbert K. Chesterton nació en Londres el 29 de mayo de 1874. Desde muy pequeño mostró un gran interés por las letras, aprendiéndose poesÃas de Shakespeare de memoria, aun cuando no sabÃa cuál era el significado de las palabras. Inquieto, siempre mantuvo una fuerte tensión religiosa. Educado en el anglicanismo, pasó momentos muy alejado de la fe, y en 1922, tras un proceso personal que duró varios años, pasó a formar parte de la Iglesia católica. Cultivó la crÃtica, el ensayo, la novela, la lÃrica, el relato breve y la redacción periodÃstica. Sus obras gozaron de gran celebridad desde el primer momento, y fue un notorio polemista, conocido tanto en Gran Bretaña como en Estados Unidos. A lo largo de su vida fue distinguido con el grado de honoris causa por las universidades de Edimburgo, DublÃn y Notre Dame, y fue hecho Caballero de la Orden de San Gregorio el Grande. Tras su muerte, el 14 de junio de 1936, el papa PÃo XI le otorgó el tÃtulo de Defensor Fidei. De su obra, El Buey Mudo ha publicado Por qué soy católico y Los lÃmites de la cordura.
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