
Un maestro nos conduce a otro maestro. Louis de Wohl, uno de los grandes autores de novela histórica del siglo XX, puso todo su talento narrativo al servicio de la biografía de Santo Tomás de Aquino, y de la tumultuosa época en que vivió. Era un reto difícil. De entre las innumerables vidas de santos que la Iglesia Universal nos ha dado a lo largo de los siglos, la del Aquinate, con su fama de frío gigante intelectual, en principio no parece de las más apasionantes.
Pues bien, de Wohl demuestra como la reputación de aburrida corrección académica del santo es del todo inmerecida. Sto. Tomás no solo fue un hombre que se vio directamente implicado en la resolución de todos los grandes conflictos teológicos y políticos de su tiempo.
Además, y frente a la preconcebida imagen de la Edad Media, el escritor alemán crea una novela coral por la que van desfilando los grandes personajes de final del siglo XIII. Emperadores, reyes, papas, filósofos cristianos y musulmanes… Todos, en algún momento, cruzan sus vidas con la del santo. Él era esa luz apacible y poderosa que da título a la novela, una luz que discierne, que dota de sentido y forma a las cosas y que desde el Medioevo todavía sigue alumbrándonos.
La literatura de Louis de Whol (1903-1961) es la historia de su vida, y la historia de su vida es la historia de una conversión más profunda en su fe.
Nació y vivió en Alemania hasta 1935, cuando le llegada de Hitler al poder le impulsó a iniciar una nueva vida en Inglaterra. Allí participó en la Segunda Guerra Mundial, llegando a ser capitán de la armada británica.
Hasta entonces su literatura consistía en novelas de suspense o historias de aventuras. Un día el cardenal Schuster, de Milán, le dijo: “Deje que sus escritos sean buenos. Por sus escritos será un día juzgado”. Y decidió servir a Dios con su literatura. Pronto se dio cuenta de que la gente necesitaba modelos, por lo que pensó que el mejor ejemplo era el de los santos.
El tema de la novela fue sugerido por S.S. Pío XII al autor en una audiencia personal que le concedió en el año 1948. Cuando La luz apacible fue publicada por primera vez, el obispo Fulton J. Sheen escribió al autor: “le felicito muy sinceramente por esta obra maestra”.