
El 11 de mayo de 1831 Alexis de Tocqueville inició un viaje por los Estados Unidos que habría de durar nueve meses. Su objetivo oficial era realizar por encargo del gobierno francés un estudio del sistema penitenciario en el naciente país. Fruto de aquella experiencia, y de la excepcional agudeza y capacidad de observación de Tocqueville, surgió uno de los libros de pensamiento político más importantes de los últimos ciento cincuenta años: La democracia en América.
Tocqueville fue un visionario; antes que nadie detectó cómo sobre la humanidad advenía una nueva era, la de la democracia. Y para comprender el naciente paradigma, decidió estudiarlo en la nación donde se presentaba en su forma más depurada. El pensador francés, con una prosa prodigio de claridad y elegancia, parte siempre de los hechos y personas que fue encontrando en su viaje, y a partir de ahí teje sus razonamientos, que versan sobre las más variadas cuestiones; ningún aspecto de la naciente civilización democrático-burguesa-moderna queda exento a su fino análisis. Sorprende la ecuanimidad, la capacidad de Tocqueville por ver el anverso y el reverso de todo, pero sobre todo sorprende cómo el tiempo no ha hecho sino dar la razón a la mayoría de sus juicios y previsiones.
Si usted quiere comprender la esencia del mundo en el que hoy vivimos, sus luces y sus miserias, sus beneficios, y también sus peligros, entonces tiene que leer La democracia en América, así de simple.
Procedente de una familia noble, Tocqueville (1805-1859) fue uno de los observadores más lúcidos del cambio producido en su época por la Revolución francesa. Estudió Derecho y obtuvo una plaza de magistrado en Versalles en 1827. Pero su inquietud intelectual le llevó a alejarse de la rutina en 1831, viajando a Estados Unidos para estudiar su sistema penitenciario. La estancia en aquel país le sirvió para profundizar en el análisis del sistema político y social norteamericano, que retrató en su obra La democracia en América (1835-1840). En ella reflejó su admiración por el modelo liberal-democrático americano, que consideraba mucho más equilibrado -por elementos moderadores, como la autonomía local- que el que propugnaban los revolucionarios europeos.
"Cuando la religión de un pueblo es destruida, la duda adquiere tal fuerza que paraliza parcialmente el resto del intelecto. Tal situación no puede sino enervar el alma, relajar las fuentes de la voluntad y preparar a la gente para la servidumbre. Cuando ya no existe un principio de autoridad religioso aparte del político, el hombre se va rápidamente asustando por la apariencia de su ilimitada independencia. El despotismo puede gobernar sin fe pero no así la libertad. La religión es mucho más importante en repúblicas democráticas que en cualquier otra. ¿Cómo es posible que una sociedad pueda escapar de la destrucción si su vínculo moral no es reforzado en proporción a relajamiento del vínculo político?".