
Nos encontramos ante uno de los grandes clásicos del pensamiento cristiano del siglo XX. La obra que el gran teólogo y sacerdote alemán Romano Guardini consideraba como su libro más acabado. Al escribir El Señor, se propuso que el lector percibiese que el conocimiento del bien es motivo de alegría. Y su libro sobre la figura de Jesús no sólo ha suscitado alegría en el ánimo de innumerables lectores, sino el entusiasmo sobrecogedor que produce la presencia viva del misterio.
El Señor recoge una parte de las homilías que pronunció en Munich, precisamente aquellas que versan sobre la persona y la actividad de Jesús de Nazaret. Son reflexiones llenas tanto de solidez teológica como de naturalidad que, conservando ese especial carácter oral, hacen accesibles a cualquier católico culto este atractivo bosquejo sobre la personalidad de Jesucristo.
Guardini no intentó ser un investigador profesional de la Biblia o del Dogma, sino un promotor de la vida espiritual a través de la palabra revelada. Y sus análisis de los textos bíblicos son “meditaciones”, espacios de reflexión que se convierten en campos de luz espiritual para él y para quienes entran en sintonía con su búsqueda. La intención de Guardini en sus meditaciones es devolver a la palabra de la Escritura su novedad primera, su capacidad de convertirse en impulso de nuestra vida y de transformarnos. Para ello, lo más adecuado es “saber detenerse ante un suceso, una palabra, una acción, escuchar atentamente, dejarse aleccionar, adorar y obedecer”.
Nació en Verona (1885-1968). Durante años dirigió la cátedra de Filosofía católica de la Religión y cosmovisión católica en la Universidad de Berlín y, más tarde, en la Universidad de Munich.
Simultaneó su densa actividad intelectual con la promoción de movimientos juveniles de vida cristiana y con una infatigable entrega a la predicación en la iglesia de St. Ludwig de Munich.
“Entre 1920 y 1943 desarrollé una intensa actividad como predicador y he de decir que pocas cosas recuerdo con tanto cariño como ésta. A medida que pasaba el tiempo, menos me importaba el efecto inmediato. Lo que desde un principio pretendía, primero por instinto y luego cada vez más conscientemente, era hacer resplandecer la verdad. La verdad es una fuerza, pero sólo cuando no se exige de ella ningún efecto inmediato sino que se tiene paciencia y se da tiempo al tiempo; mejor aún: cuando no se piensa en los efectos, sino que se quiere mostrar la verdad por sí misma, por amor a su grandeza sagrada y divina”.
Romano Guardini en Apuntes para una autobiografía hablando sobre las homilías recopiladas en El Señor.
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