
En La Flecha Negra, Stevenson abandona los escenarios exóticos que tanto le atrajeron, hasta morir en ellos, y nos traslada con la imaginación, emulando a su compatriota Walter Scott, a la Inglaterra del Medioevo, a la época de la guerra de la Dos Rosas, que dividió a Inglaterra en dos bandos irreconciliables, los York y los Lancaster.
Junto a las escenas bélicas y a las constantes intrigas de los poderosos, nos adentramos también en las cuitas de la banda de La flecha Negra, que nos recuerdan algo las andanzas de Robin Hood.
Esta obra es una historia azarosa, de gusto romántico, en la que sobresale la limpidez estilística de Stevenson, y en la que no hay verdaderos caracteres, sino únicamente figuras pintorescas de una sola dimensión. El autor sabe mantener perfectamente la línea divisoria entre el bien y el mal, y sus personajes, sean del bando que sean, llevan siempre la etiqueta totalmente definida. La Flecha Negra es un libro para muchachos, y por su ritmo vibrante y sus golpes teatrales, su argumento cobra interés desde el principio al fin. Por ello, la popularidad de este relato es constante a través de los años.
Robert Louis Balfour Stevenson, nació en Edimburgo, en 1850. Hijo de un ingeniero, estudió en un principio la carrera de su padre, pero luego la abandonó por la de abogado. Terminó sus estudios jurídicos en 1875, aunque nunca ejerció su profesión. Enfermo de los pulmones, viajó por Francia en busca de un clima favorable.
En 1879 contrajo matrimonio con Fany Osbourne, una dama norteamericana diez años mayor que él. Permaneció una temporada en Suiza y en la Riviera Francesa, en un intento de aliviar su mal, hasta que regresó a Gran Bretaña.
En 1887 se trasladó a Estados Unidos, y un año después partió para Oceanía, donde se instaló en una de las islas Samoa hasta su muerte, que tuvo lugar en 1894. Fue muy apreciado por los nativos, que le llamaban Tusilata: “el narrador de cuentos”.
¿Ha leido el libro y quiere comentarlo, o quiere leer las opiniones de otros lectores?