
Esta historia versa sobre la estatua de un príncipe. Sobre una columna, en el centro de la ciudad, la estatua estaba recubierta de finas láminas de oro, como ojos tenía dos zafiros y en la empuñadura de su espada un rubí. Todo el mundo admiraba su belleza…
Los cuentos y relatos de Oscar Wilde siempre tienen algo de irresistible, un magnetismo que no permite dejar de leerlos. En este caso, nos encontramos ante uno tan conocido como El príncipe feliz. Al leer a Wilde, viajamos a otro mundo, a la Inglaterra del siglo XIX, pero también atisbamos un reflejo del genio del propio autor, que compuso este y otros cuentos para entretener y educar a sus hijos pequeños.
El príncipe feliz tiene cierto sabor agridulce, propio de aquella dura época, pero al final nos deja el alma plena, con el gozo que sólo se alcanza con la contemplación de la auténtica belleza.
Oscar Wilde, escritor irlandés, intelectualmente brillante, manifestó a través de sus escritos una consistencia que no fue capaz de sostener en su vida. Vilipendiado por muchos, otros han intentado convertirlo en icono gay.
La realidad que hay detrás de su dandismo es la del hombre que intentó hablar con su arte. Y su arte es genial.
Como curiosidad, respecto a su condena, fue él quien denunció al padre de su amante, lord Alfred Douglas, por difamación, ya que le acusó públicamente de sodomía. En el juicio se demostró que los hechos eran ciertos, por lo que fue acusado y condenado a dos años de prisión.
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