
Cuando se escribe Causa General sobraba la teoría porque se vivía aún la era de los recuerdos. La imaginación suplía a la memoria y al intelecto. Y así podemos conocer detalles del terror rojo, de cómo las instituciones, es decir, jueces y policías, eran sustituidos por asesinos que enseguida cogía el gusto al olor de la sangre. Los relatos sobre las checas, la prisión policial de la Ronda de Atocha, las detenciones arbitrarias con violaciones, torturas, hurtos y asesinatos no tenían motivo ideológico definido, pero, constituían el pan nuestro de cada día durante la democrática II República. El ensañamiento con el prisionero –hablamos de civiles- está relatado con tales pormenores que tras leer la obra se hace tan difícil la impasibilidad como la ecuanimidad. El régimen social y representativo que hoy se presenta a nuestros escolares como el prólogo de la Constitución del 78 era el Régimen de los campos de trabajo, menos conocidos que las checas, por ejemplo el de Omelles de Nogaya (Lérida) donde los milicianos –siempre socialistas, comunistas o anarquistas- descubrieron que uno de los prisioneros, Francisco Arias Antequera, natural de Madrid, era seminarista. Grave delito por le que empezó siendo maltratado a las 14.00 horas, “y estuvo siendo golpeado, con ciertos intervalos, hasta la madrugada, en que expiró”. (…) No era una guerra, ni tan siquiera una guerra en la retaguardia. Era puro gangsterismo, obra de mafiosos: de la mafia tenían el espíritu de rapiña pero sobre todo el odio a la excelencia, o sencillamente a la bondad de corazón. (…) Aunque ya se sabe: no es el loco quien que vuelve malo, sino el malo quien degenera en loco”.
Tomado del prólogo a la obra, firmado por Eulogio López Escribano