
Canals en su libro es claro desde el principio: “El pueblo catalán es aquel que, entre todos los pueblos de Europa ha vivido en más ocasiones, y durante más tiempo, en guerra contra el Estado inspirado en los principios de la Revolución francesa” (c.II).
Si España se conformó en las leyes paccionadas y la filosofía realista de la Cristiandad medieval, Cataluña defendería esta idea todavía en el siglo XIX, librando siete guerras contra el liberalismo en menos de cien años. Ése es el verdadero sentido de 1714. Una defensa de un modo de ser de España. Del respeto a las instituciones locales y de limitación del poder del Estado.
Pero en el siglo XIX, el nacionalismo, abstracto, panteísta, totalitario, izquierdista, fruto del idealismo romántico, contaminó el auténtico ser de Cataluña. A diestra y siniestra brotó el nacionalismo, que renegaba de la tradición catalana y todo lo somete a la creación de una idea seudorreligiosa: la nación catalana.
El acierto de Catalanismo y tradición catalana no es sólo devolver a Cataluña su auténtica conciencia histórica, sino también recordar el intrínseco carácter anticristiano del nacionalismo. El mito metafísico de la nacionalidad tiende a suplantar a la religión. Aparecen los “cristianos por el nacionalismo” y los fieles cambian el crucifijo por la “senyera”; los políticos legislan y gobiernan en su Cataluña de papel; la implantación de una idea abstracta se impone totalitariamente. La conclusión es una confluencia perfecta, e inevitable, entre nacionalismo e ideología izquierdista secularizadora.